Por favor paren al mundo

La primera víctima de la guerra es la inocencia. Una máxima que tendremos que soportar, mientras sobre el mundo se sigan produciendo conflictos armados.

Uno pisa una mina, en un país donde se está vertiendo sangre y la tierra le devuelve un hedor dulce que embota los sentidos y los confunde.

Buenos, malos; víctimas, verdugos…

Al final la niebla se disipa y solo queda la inocencia perdida. Sobre el suelo quedan cuerpos sin nombre ni afiliación que yacen pero que antes se defendieron de hombres; hombres que capturaron a hombres; hombres que mataron a hombres; hombres que ejecutaron a hombres. Las morgues de esos países hijos de la guerra llenas de ellosm, niños y mujeres, aunque nadie les vea.

Son ellos la retaguardia, pero y el blanco de la vengaza, del recelo y la ira de la impotencia de los contrarios, pagan con sus cuerpos el precio de los muertos del Otro. Lo hemos visto antes en Europa, América Latina, África… no importa el continente, forzar a la mujer del enemigo es uno de las mayores afrentas que se le puede infligir. Si no puedes vencerle, humíllale.

Aún nos queda mucho por ver y saber de la guerra que asola tantos territorios del orbe. El anestésico que inoculan los medios contra el dolor ajeno, nos impide ver esa realidad sangrienta ni los muertos. Se pueden conseguir fotografía de menores de hasta 3 años a los cuales les ha sido disparados en la cabecita para convertir eso en una mercancia más del mercado de la frivolidad.

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